No tienes derecho a llorar

10.02.19

El post de este domingo no estaba planeado, pero me he inspirado a escribirlo a raíz de una cosa que me ha pasado esta semana y después de escuchar a Armando Bastida de Criar con sentido común así que me he saltado lo programado para hacer esta reflexión…

En una vigilancia de patio presencié un “episodio” entre 5 niñas de segundo de primaria. Estaban saltando a cuerda varios niños y niñas y de repente, una de ellas se apartó del grupo y se puso a llorar. Rápidamente el séquito de amigas fue tras ella y escuché como ella les contaba que no sabía saltar bien, que se ponía nerviosa cuando le tocaba a ella. No sé si os acordáis de vuestra infancia cuando saltabais a la cuerda en grupo. Yo lo hacia muy bien sola pero cuando me tocaba entrar desde fuera mientras otras dos personas sujetaban la cuerda me ponía super nerviosa jajajjaja y envidiaba mucho a los/las compis que se pasaban un buen rato sin “pifiarla”. Bueno, me estoy desviando del tema; volvamos a la escena.

No escuché 100% todo lo que le decían, pero me llamó mucho la atención las intervenciones de sus compañeras de clase. No paraban de repetirle que no llorarse, que no pasaba nada, que a todo el mundo le pasaba esto de “no saber entrar bien a saltar”, que se lavase la cara porque se notaba mucho que estaba llorando y que debían volver a clase…y yo pensé “qué manía con que llorar es malo” No puede evitar acercarme más y decirle:

  • ¿Qué te pasa? ¿No estás bien?

Esa simple pregunta la paralizó, seguía lloriqueando y me contaba que no sabía saltar a la cuerda. Esta niña va a rehabilitación semanalmente porque tiene dificultades motrices; camina un poco coja y no tiene un buen equilibrio y se puede caer con facilidad.

Pienso que tenemos siempre la tendencia a pasar por alto los problemas de los niños/as (y me incluyo en el pack, obviamente). Como si llorar fuese malo, como si no tuviese derecho a sentirse triste. ¿La tristeza no es una emoción como lo puede ser la alegría? Esa niña no necesitaba a nadie que le dijese “no pasa nada” porque por supuesto que SÍ ESTABA PASANDO ALGO. A veces, basta más un “ostras, entiendo cómo te sientes” o “quieres que practiquemos juntas a saltar”.

Como explica Armando Bastida, estamos tan acostumbrados a no darle importancia a los problemas de los niños/as, a simplemente decir que no pasa nada, que se solucionará, que les estamos dando un mensaje muy equivocado. Por el simple hecho de ser adultos creemos que tenemos derecho a decidir qué es un problema y qué no lo es y hasta a decidir que “no pasa nada”, es decir “que deben esconder la emoción que sienten en ese momento”.  Él dice que cuando le decimos a un niño/a “venga no llores que no pasa nada” lo que intentamos es que no sea un niño/a que llora por todo y pensamos que así será un adulto fuerte y que no sufrirá. Y precisamente conseguimos todo lo contrario, un niño debe tener derecho a llorar, a expresar lo que siente y poco a poco a aprender a poner nombre a aquello que siente, a aquello que le pasa, sea positivo o negativo para que más adelante pueda gestionarlo. Si no damos importancia aquello que siente, le estamos diciendo que no es bueno expresar sus emociones… y probablemente de adulto tampoco sabrá cómo gestionarlas, porque “sentir está mal”.

Siguiendo en la misma línea, recuerdo perfectamente cuando estaba en P-4 de tutora y hacíamos dinámicas de educación emocional en clase. En un principio, les mostraba las emociones básicas a partir de cuentos y me hacía mucha gracia porque cuando salía “el enfado” o “la tristeza” yo les preguntaba – ¿Esta bien enfadarse? – y muchos respondían al unísono – ¡No!! Y se quedaban boquiabierto cuando les decía que por supuesto que está bien enfadarse o estar triste. ¿Si nos pegan no vamos a enfadarnos? ¡Obviamente que sí! Pero es que constantemente les damos mensajes contrarios, sin darnos cuenta, y nuestros niños/as acaban asimilando que estar contento/a es lo correcto porque así nuestros padres, madres tutores, maestros/as están contentos también y evitar el estar enfadado o, al menos, intentar esconderlo.

Me encanta el ejemplo que pone Bastida trasladado a la vida adulta. Expone que cuando un adulto se enfada, muchas veces, no sabe cómo decirlo y acaba diciéndolo mal o gritando porque no ha aprendido a decir las cosas bien, le han negado el poder expresar aquello que siente y por eso sigue en la etapa de los 3 años.

¿Cuántas veces hemos castigado a alumnos/as o a nuestros hijos/as sin ni siquiera preguntar qué ha pasado? Simplemente porque se ha portado mal, ha distorsionado la clase, ha pegado…o quien sabe qué. O los mandamos a rincones a que piensen (¿Qué van a pensar si no saben ni qué sienten?) Y es que, a veces, el que está distorsionando la clase, el que “molesta” contantemente, el qué “no para de llamar la atención” quizás nos esta pidiendo a gritos que le ayudemos a gestionar todo aquello que siente, que le ayudemos a poner nombre a aquello qué tiene dentro…

Hace un par de años me pasó algo similar y también escribí un post sobre este tema, pero no puedo negar que después de ser madre las perspectivas de las cosas cambian mucho y, al menos a mí me ha pasado, creo que soy más capaz de ponerme en la piel del alumnado y de sus progenitores y bueno, de hacerme reflexiones constantemente que, probablemente, antes no me hacia tan a menudo. Os dejo el link del anterior post.

Y con esto me despido y os deseo a todos/as una muy feliz semana. ¡Un fuerte abrazo!

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